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domingo, 29 de enero de 2012

 
 Ivan era un joven hermoso, de rostro delicado y facciones atractivas. Su largo cabello castaño y sus dulces ojos color miel eran su rasgo más característico. Una mañana, recién salido de la ducha se dispuso a peinarse. Se contemplaba como algo majestuoso. Estaba totalmente obsesionado con su rostro, incluso alguna vez hubo pensado acabar con su vida si algo le pasase a su belleza.

Giró la cabeza y cogió el peine. Cuando volvió a mirar al espejo vio que había alguien con una sonrisa maliciosa detrás suya. Rápidamente se giró y no vio a nadie. Pensó que podría haber sido una alucinación, o incluso un poco de jabón aún en los ojos.

Volvió a mirar al espejo y de nuevo sólo estaba su imagen. Comenzó a peinarse con suavidad, contemplándose, cuando lentamente apareció una chica desnuda. Se asustó, miró detrás de él y de nuevo no vio a nadie. Cuando volvió a girarse hacia espejo la chica volvió a aparecer.

Asombrado observó que esta le sonreía. La chica es preciosa, rubia, de dulces facciones y de blancos y colmados pechos de porcelana. La imagen de Ivan desapareció del espejo suavemente quedando sólo la imagen de la hermosa chica. Detrás de ella se apreciaba un vergel y una cascada.

La chica le hizo un gesto para que se acercase a ella, pero Ivan rehusaba su invitación. La doncella le dedicó otra dulce sonrisa y acercó su dedo índice al límite del espejo. Ivan acercó también su dedo y apoyándolo sobre la superficie sintió el tacto del dedo de la muchacha. Las manos de ella eran de una suavidad sublime, Ivan comenzó a excitarse. Ella lo tomó de la mano y suavemente tiró de él.

El cuerpo Ivan iba entrando poco a poco en el espejo. Primero entró el brazo, más tarde el hombro... Todo fue suave y lento. La belleza encarnada se giró e inició su avance, su silueta estaba formada por deliciosas curvas. Por último, Ivan introdució su rostro en el espejo.

Ivan sentía que la chica seguía tirando de él cuando notó una fuerte racha de viento en la cara. Sintió un leve dolor en el rostro, causado por la arenilla del viento, pero no pudo deslizar los ojos del cuerpo desnudo de quien era su compañía.

El viento le seguía incomodando cuando se fijó en que el pelo de la chica ha cambiado de color. El dorado de su cabello se fue perdiendo y su pelo era ahora de plata. Su piel de porcelana se ha oscurecido y ahora contiene arrugas y manchas. La chica se detuvo. Pasados unos instantes, la muchacha repentinamente se giró. Ivan dio un grito de horror. Los ojos de la chica habían desaparecido, sólo quedaba un negro vacío en sus cuencas y pronto comenzó a supurar pus.

Ivan quiso soltarle la mano, pero la cálida mano de la chica era ahora una garra. Se acercó rápido hacia él y abrió la boca como un felino que ataca. Sus dientes eran afilados y amarillentos y su aliento desprendía un hedor a animales descompuestos.

Ivan, muerto de horror, cerró los ojos y se cubrió con una mano, tiró con todas sus fuerzas y logró escapar de las garras volviendo a atravesar el espejo dando una serie de pasos de espaldas.

Cuando volvió a abrir los ojos el espejo estaba roto en varios pedazos ensangrentados. Y su rostro, su bello rostro estaba destrozado. Ivan ya nunca volvería a sentir placer al mirarse en el espejo.

El fantasma de La Casa de las siete chimeneas.


Invierno en Madrid, el retumbar de truenos lejanos y el sonido del viento azotando los vidrios de los ventanales terminan por deshacer mi placentero sueño y me desvelan. Mi despertador digital marca la 03:31. Perezosamente me levanto de la cama y tras beberme un vaso de agua me siento junto a la ventana del salón para fumarme un cigarro, con la esperanza de poder volver a conciliar el sueño.

La noche fuera está de lo más desapacible, en la plaza del rey, las ramas de los árboles flamean al viento violentamente devolviendo crujidos lastimeros. Algunas bolsas y cartones huidos de los contenedores de basura, se arremolinan al final de la calle y parecen cobrar vida en sus acrobáticos vuelos,  imitando los juegos infantiles y al amparo de la intimidad que se les presenta en una noche como ésta, con las calles desiertas y a salvo de miradas juzgadoras.

En el cielo, una masa de nubes rojizas avanza hacia el este a toda velocidad, presagiando la tormenta inminente que no tardará mucho en descargar sobre la ciudad. De vez en cuando, un rayo lejano tiñe las nubes de gris eléctrico y a los pocos segundos, los cristales vibran con su correspondiente trueno. Arrimo más mi sofá a la ventana… siempre me gustaron las tormentas y esta noche parece que el sueño me ha abandonado por completo. En una de las pausas entre trueno y trueno, mientras prendo mi segundo cigarrillo, me parece escuchar el tañir de unas campanas a lo lejos, quizás sean las de la iglesia de los Calatravas, en la calle de Alcalá, pero me parece muy extraño… esos tañidos no son los que marcan la hora… son monótonos… repetitivos, parece que las campanas tocan a muerto. Pero no es posible, a estas horas de la madrugada iglesia de Madrid está abierta y muchísimo menos suenan las campanas, más allá de los mecanismos automáticos de los relojes.

Son las 03:54, de repente, unos enormes goterones impactan contra las ventanas como pequeños kamikazes, produciendo ruidos sordos que rebotan por el salón, perdiéndose en ecos suaves por el pasillo del fondo. Un enorme relámpago serpenteante se dibuja ante mis ojos a unas pocas cuadras de mi casa y prácticamente al instante, al tiempo que suena un estruendoso trueno, se va la luz en la calle y todo queda sumido en la oscuridad. Las campanas siguen sonando entrecortádamente en la letanía…

Me levanto y me pego mi cara contra los fríos y empañados vidrios para comprobar que todo el barrio está completamente a oscuras. La amarillenta luz de otras zonas alejadas de la ciudad que no han sufrido el apagón rebota en los nubarrones inundando la plaza y la calle Infantas con tenues tintes rosáceos. La lluvia comienza a ser más perceptible y mientras alzo mi mirada al cielo, sobre el edificio que tengo en frente, sede del ministerio de cultura… la veo.

Siento como mi cuerpo queda paralizado ante la visión que estoy contemplando en éste momento. Una mujer, alta, con el pelo largo y negro que ondea flácido en las azarosas ráfagas de viento, camina segura entre las chimeneas del tejado del edificio. Ataviada con un camisón blanco que cubre su cuerpo hasta los tobillos, se dirige cabizbaja y decidida por el alero del palacete hacia la zona que da al Alcázar. En una mano porta una especie de antorcha, en la que una débil llama lucha a muerte contra la lluvia.

Cuando llega al extremo del tejado, cae de rodillas y alzando su rostro al cielo, comienza golpear con fuerza su pecho. Otro relámpago estalla a escasa distancia y su fantasmal perfil se dibuja perfectamente mientras que el sonido del trueno se funde con un alarido que hace que todos los pelos de mi cuerpo se tensen como alambres de acero.

Tras el fogonazo del relámpago y cuando mis retinas vuelven a enfocar en la oscuridad, la extraña mujer ya no está. Parece que se ha evaporado ante mis ojos…

Dando lentos pasos inconscientes hacia atrás me derrumbo sudoroso en el sillón. Todavía no me puedo creer lo que acaban de ver mis ojos; toda la vida escuchando la vieja leyenda de la casa de las siete chimeneas y yo siempre tomándomelo a broma y hoy, la mismísima Helena Zapata ha paseado por su tejado para mí.

Y ésta amigos es la leyenda de éste famoso palacete Madrileño, La popularmente conocida como “Casa de las siete chimeneas”. Edificio mítico y misterioso como pocos en Madrid y que desde su construcción, allá a finales del siglo XVI, siempre ha estado rodeado de hechos un tanto oscuros. Conspiraciones, amores prohibidos, muertes en extrañas circunstancias e incluso un motín tan famoso como el de Esquilache han sucedido en su interior.

Se cuenta que la bella Helena fue una de tantas amantes del controvertido Felipe II y que éste, como solía hacer cuando alguna de sus amantes se ponía en exceso pesada, arregló su boda con militar del noble linaje de los Zapata. El nuevo matrimonio estrenó el palacete, que por otro lado fue la única construcción civil que realizó Felipe II, aunque también se comenta que fue construido por el padre de Helena, que era montero del rey, y que éste se lo regaló a su hija tras la boda. En fin, la cuestión es que poco les duró el matrimonio, pues el capitán Zapata partió a la guerra de Flandes pocos meses después de contraer matrimonio con Helena y allí falleció en las primeras contiendas.

En este punto Helena queda sola en el enorme caserón, las malas lenguas y los chismorreos de la corte contaban que por las noches, un Felipe II embozado para pasar desapercibido, acudía puntual a la cita con su amante. Estos rumores se extendieron como la pólvora cuando una mañana Helena apareció muerta en su alcoba.

Hay que tener en cuenta que en la época de los sucesos, Ana de Austria se encuentra en la corte para convertirse en la cuarta esposa de Felipe II. ¿Sabía Ana de la existencia de Helena y decidió eliminar el problema cortando por lo sano? ¿Presionó Helena al rey para ser algo más que una simple amante y fue él quien acabó con ella? La respuesta a estas preguntas siempre será un misterio. Para más inri, el cadáver de Helena desapareció en extrañas circunstancias y a los pocos días, el padre de ésta apareció colgado de una viga (aunque este hecho es un poco dudoso según las fuentes consultadas).

En este punto fue cuando comenzó la leyenda tras los rumores de que en noches oscuras se veía el fantasma de la doncella en el tejado de la casa, aunque en aquel entonces todavía no era conocida por sus chimeneas. Esta remodelación fue ordenada por Baltasar Cattaneo unos años después tras comprar el inmueble, algunos atribuyen un significado simbólico a sus siete chimeneas, y dicen que simbolizan los siete pecados capitales.

Aunque la historia de esta casa no acaba aquí, ni mucho menos. Años después, todavía con Felipe II como monarca, otra joven muere en su misma noche de bodas con un viejo hacendado Indio. Parece ser que la joven esposa también tenía ciertos encuentros con el pendenciero rey. La joven apareció en los sótanos del palacete con un puñal clavado en el pecho y las arras, regalo del rey, esparcidas a su alrededor. No son pocos los que aseguran que esta doncella también vaga todavía hoy en día por los sótanos de la casa.

Una última muerte se produjo en la casa durante el motín de Esquilache, ministro de Hacienda de Carlos III en el año 1766. El pueblo, enfurecido por las medidas represoras del marqués, acudió en turbamulta hasta la casa con la sana intención de lincharlo. Por suerte para él, no se encontraba en la casa y el populacho la tomó con uno de sus mayordomos que ofreció cierta resistencia, muriendo el pobre a garrotazos.

Durante casi cuatrocientos cincuenta años, la casa ha pasado por muchas manos, siempre de familias nobles. Embajadores, terratenientes, mercaderes… a finales del siglo XIX, la casa fue reformada para convertirse en sede del Banco de Castilla y durante éstas reformas el cadáver de una mujer, junto con una bolsa con monedas de la época de Felipe II, fue descubierto entre los muros de los sótanos, volviendo a poner de moda las viejas leyendas de éste mítico y legendario edificio de la capital española y, para que la cosa no se olvide en nuestros días, en el año 1960, otras reformas volvieron a desenterrar los restos de otro esqueleto emparedado, ésta vez masculino y hasta día de hoy, anónimo.  En la actualidad el edificio se usa como sede del ministerio de cultura, está en perfecto estado de conservación y todo indica que, por lo menos, la leyenda seguirá viva durante muchísimos años más.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Los Polvos del Virrey.

SUCEDIDO DEL PORTAL DE MERCADERES Y ESQUINA DE PLATEROS

No refieren las crónicas callejeras, esas crónicas amenas que escuchamos en platicas sabrosas con los viejos, ni el nombre verdadero del protagonista, ni la época cierta en que acaeció el sucedido que hoy lanzamos a los vientos de la publicidad.

Pero el hecho fue tan cierto, como que todos los hombres son mortales, física, ya que no intelectualmente, pues de los académicos se dice que no lo son. Y el que dude puede consultar las citadas y verídicas crónicas, tan antiguas como sus autores.

Allá en el siglo XVII, como ahora, muchos no podían salir de perico-perros.

En la Secretaria de Cámara del Virreinato de Nueva España, había un oficial escribiente, de aquellos que se momifican en su empleo y que a su muerte no sirven ni de pasto a los gusanos.

El sueldo apenas le era suficiente para vivir en una casa de vecindad, mantener a una esposa, obesa por hidrópica, y a una docena de escuálidos nenes, seis del sexo bello y los otros del masculino; pero todos extenuados por los ayunos.

Sentado en un gigantesco banco de tres pies, inclinado sobre la papelera despintada de la oficina, garabateando pliego tras pliego de minutas, nuestro hombre, a quien llamaremos D. Bonifacio Tirado de la Calle, pasaba las mañanas, las tardes, y aún los días enteros, de mal humor, aburrido, esperando con ansia la hora de comer y en especial la noche en la que, con su cara mitad, se consagraba al cultivo de jardines en el aire, tarea tan improductiva como inocente.

No había sorteo de la Real Lotería en que no jugara con afán, ¡y con qué ahínco desdoblaba el billete para ver si su número aparecía en la lista, que con toda puntualidad publicaba la Gaceta de D. Manuel Valdés!

Pero nada, la suerte siempre le era esquiva, y por centenar más y por unidad menos, el premio gordo caía en números de otros más afortunados que el buen D. Bonifacio.
Desesperado de esta situación, resmas de memoriales había escrito pidiendo un ascenso en las vacantes, y calvo se había quedado de arrancarse los cabellos en sus horas cotidianas de tribulación.

Cierto día en que el destino parece que se empeñaba en notificarle más, pues su mujer, su único consuelo, y sus hijos, sus futuras esperanzas, se habían disgustado con él porque no los había llevado a la feria de San Agustín de las Cuevas, D. Bonifacio, al entrar en la oficina, gruñó sólo un saludo a sus colegas, se sentó en el tripié, se reclinó sobre el apolillado escritorio, la cabeza entre las manos y la mirada fija en las vigas del cedro secular, que sostenía la techumbre de la sala del Real Palacio en que se hallaba.

De repente el banco de tres pies rechinó por un movimiento brusco de D. Bonifacio, los ojos del buen calvo brillaron iluminados por la musa que inspira las risueñas esperanzas; tomo la de ave, y en papel sellado para el Bienio corriente, deslizó la pluma por espacio de veinte minutos, hasta que el ruido especial que produce ésta cuando se firma, indicó que había terminado. En efecto, puso rúbrica, echó arenilla, escribió la dirección, y después de tomar su sombrero, su bastón y de dirigir un amabilísimo "¡buenas tardes, señores!" risueño y como unas pascuas encaminó sus pasos hacia la sala en que se encontraba el Secretario de Su Excelencia.


¿Qué había escrito? Un nuevo memorial al Excelentísimo Señor Virrey, Capitán General y Presidente de la Real Audiencia de Nueva España.

Y una tarde, D. Bonifacio Tirado de la Calle encontrábase en la esquina del Portal de Mercaderes y Plateros, precisamente frente al lugar donde se colocaba desde aquellos remotos tiempos, el cartel del Coliseo. Se conocía que esperaba algo con ansiedad, pues su vista no se desviaba un ápice del Real Palacio.

Transcurrieron breves instantes. Los pífanos de la guardia de alabarderos anunciaron que el Excelentísimo Señor Virrey salía a pasear. Nuestro D. Bonifacio se estremeció. Un sudor frío recorrió todo su cuerpo; sintió como un hueco en el estómago y su corazón latía como si dentro le repicaran; pero espero con ansia aunque resignado.

Ya se acercaba el Virrey seguido de lujoso acompañamiento. D. Bonifacio sentíase aturdido. Como relámpagos cruzaron por su mente los desengaños de otros días, y una próxima esperanza le hacía ver color de rosa el lejano horizonte en que se destacaban el Real Palacio y la comitiva que ya iba a desfilar delante de su persona.

El Virrey, montado en magnífico caballo prieto, al llegar a la esquina del Portal, estiró las bridas del noble bruto, que arrojando blanca espuma por entre el freno que tascaba, se detuvo, respiró con fuerza y levantó las orejas de su primorosa cabecita, al encontrar sus ojos negros la pálida figura de C. Bonifacio.

El Virrey, con amable sonrisa, saludó a nuestro hombre, sacó con pausa del bolsillo una rica caja de rapé, de oro, con preciosas incrustaciones y ofreciéndosela, preguntó:

-Tirado de la Calle, ¿gusta vuestra señoría?
-Gracias, Excelentísimo Señor: que me place - Contestó el interrogado, acercándose hasta el estribo y aceptando con actitud digna, como de quien recibe una distinción que merece.

Despidióse el Virrey con galantes cumplidos que fueron debidamente correspondidos: y esta misma escena se repitió durante muchas tardes, en la esquina del Portal de Mercaderes y Plateros. La fortuna de nuestro hombre cambió desde entonces. Por toda la ciudad circuló la voz de que D. Bonifacio Tirado de la Calle gozaba de gran influencia con el Virrey, y que éste tenía la única, la excepcional deferencia de ofrecerle tarde con tarde un polvo en plena esquina del Portal de Mercaderes y la calle de Plateros.

Muchos acudieron a la casa de D. Bonifacio en busca de recomendaciones, y muchos también le colmaron de obsequios.

D. Bonifacio Tirado de la Calle representaba su papel a las mil maravillas.

Se hacía a veces el hipócrita, diciendo que no valían nada sus recomendaciones, y otras se daba más humos que el portero de Su Excelencia. Empero los regalos menudeaban, la fama vocinglera daba más fuertes trompetazos cada día, y uno de ellos llegó a oídos del Virrey quien llamó a nuestro hombre y le dijo:

-He comprendido todo. Merece vuestra merced un premio por su ingenio.

Inútil nos parece reproducir el contenido del Memorial de D. Bonifacio; el lector lo habrá adivinado; y sólo añadiremos que el Virrey afirmaba que hubiera sido un mezquino el que no accediera a esa solicitud; detenerse en la esquina, ofrecer un polvo y marcharse.

Cuentan que D. Bonifacio Tirado de la Calle aseguró el porvenir de su familia.

Y ya se ve que lo aseguró, pues agregan las citadas crónicas callejeras que labró una fortuna con los polvos del Virrey.

El Callejón del Muerto.

Tenía este don Tristán de Alzúcer a un buen amigo y consejero, en la persona de su ilustrísima, el Arzobispo don Fray García de Santa María Mendoza, quien solía visitarlo en su comercio para conversar de las cosas de Las Filipinas y la tierra hispana, pues eran nacidos en el mismo pueblo. Allí platicaban al sabor de un buen vino y de los relatos que de las islas del Pacífico contaba el comerciante.

Todo iba viento en popa en el comercio que el tal don Tristán decidió ampliar y darle variedad, para lo cual envió a su joven hijo a la Villa Rica de la Vera Cruz y a las costas malsanas de la región de más al Sureste.

Quiso la mala suerte que enfermara Tristán chico y llegara a tal grado su enfermedad que se temió por su vida. Así lo dijeron los mensajeros que informaron a don Tristán que era imposible trasladar al enfermo en el estado en que se hallaba y que sería cosa de medicinas adecuadas y de un milagro, para que el joven enfermo de salvara.

Henchido de dolor por la enfermedad de su hijo y temiendo que muriese, don Tristán de Alzúcer se arrodilló ante la imagen de la Virgen y prometió ir caminando hasta el santuario del cerrito si su hijo se aliviaba y podía regresar a su lado.

Semanas más tarde el muchacho entraba a la casa de su padre, pálido, convaleciente, pero vivo y su padre feliz lo estrechó entre sus brazos.

Vinieron tiempos de bonanza, el comercio caminaba con la atención esmerada de padre e hijo y con esto, don Tristán se olvidó de su promesa, aunque de cuando en cuando, sobre todo por las noches en que contaba y recontaba sus ganancias, una especie de remordimiento le invadía el alma al recordar la promesa hecha a la Virgen.

Al fin un día envolvió cuidadosamente un par de botellas de buen vino y se fue a visitar a su amigo y consejero el Arzobispo García de Santa María Mendoza, para hablarle de sus remordimientos, de la falta de cumplimiento a la promesa hecha a la Virgen de lo que sería conveniente hacer, ya que de todos modos le había dado las gracias a la Virgen rezando por el alivio de su v&aacutestago.

-Bastará con eso, -dijo el prelado-, si habéis rezado a la Virgen dándole las gracias, pienso que no hay necesidad de cumplir lo prometido.

Don Tristán de Alzúcer salió de la casa arzobispal muy complacido, volvió a su casa, al trabajo y al olvido de aquella promesa de la cual lo había relevado el Arzobispo.

Mas he aquí que un día, apenas amanecida la mañana, el Arzobispo Fray García de Santana María Mendoza iba por la calle de La Misericordia, cuando se topó a su viejo amigo don Tristán de Alzúcer, que p&aacutelido, ojeroso, cadavérico y con una túnica blanca que lo envolvía, caminaba rezando con una vela encendida en la mano derecha, mientras su enflaquecida siniestra descansaba sobre su pecho.

El Arzobispo le reconoció enseguida, y aunque estaba más p&aacutelido y delgado que la última vez que se habían visto, se acercó para preguntarle.

- A dónde vais a estas horas, amigo Tristán Alzúcer?
- A cumplir con la promesa de ir a darle gracias a la Virgen-, respondió con voz cascada, hueca y tenebrosa, el comerciante llegado de las Filipinas.

No dijo más y el prelado lo miró extrañado de pagar la manda, aun cuando él lo había relevado de tal obligación.

Esa noche el Arzobispo decidió ir a visitar a su amigo, para pedirle que le explicara el motivo por el cual había decidido ir a pagar la manda hasta el santuario de la Virgen en el lejano cerrito y lo encontró tendido, muerto, acostado entre cuatro cirios, mientras su joven hijo Tristán lloraba ante el cadáver con gran pena.

Con mucho asombro el prelado vio que el sudario con que habían envuelto al muerto, era idéntico al que le viera vestir esa mañana y que la vela que sostenían sus agarrotados dedos, también era la misma.

-Mi padre murió al amanecer -dijo el hijo entre lloros y gemidos dolorosos-, pero antes dijo que debía pagar no sé qué promesa a la Virgen.

Esto acabó de comprobar al Arzobispo, que don Tristán Alzúcer estaba muerto ya cuando dijo haberlo encontrado por la calle de la Misericordia.

En el ánimo del prelado se prendió la duda, la culpa de que aquella alma hubiese vuelto al mundo para pagar una promesa que él le había dicho que no era necesario cumplir.

Pasaron los años...

Tristán el hijo de aquel muerto llegado de las Filipinas se casó y se marchó de la Nueva España hacia la Nueva Galicia. Pero el alma de su padre continuó hasta terminado el siglo, deambulando con una vela encendida, cubierto con el sudario amarillento y carcomido.

Desde aquél entonces, el vulgo llamó a la calleja de esta historia, El Callejón del Muerto, es la misma que andando el tiempo fuera bautizada como calle República Dominicana.

jueves, 2 de septiembre de 2010

Historia interactiva 01.

CAPÍTULO 1

*



Año 1.236 de la Era de Ártron.

La luna llena interrumpe la extensa oscuridad de la paciente noche. Se observan siluetas en el más profundo mutismo, agazapadas, ocultándose en los lugares más escarpados del terreno.

De repente un sonido inquietante... Un largo y grave sonido que nos daña al oírlo, dejándonos sordos por unos momentos. Y se repite una y otra vez. Una tromba de guerra suena a lo lejos. Mis compañeros tiemblan, todos temblamos, pero nos mantenemos en nuestros puestos.

¡Un fuerte estruendo proveniente de una de nuestras torres! De repente un anillo ígneo rodea el castillo, nuestro mago ha lanzado un conjuro de protección. Centenas de millares de diferentes bestias se dan a conocer a la luz del fuego. Golpes atronadores desde todos los puntos suenan a la lejanía.

Empieza la batalla. Cientos de catapultas envían bolas de fuego dentro de las murallas alcanzando a muchos de mis compañeros, pero yo debo mantenerme firme, esperando mi hora para honrar mi nombre. Ya se divisan los arietes, siendo arrastrados hacia nuestras murallas como veloces gusanos.

Un martilleo incesante. Es el enemigo haciendo ruido sólo para asustarnos, y parece que lo está consiguiendo. El ejército espera  inquieto, recordando por qué están en sus posiciones, recordando a sus familias y amigos, a sus caídos; recordando anteriores batallas, los cuerpos mutilados, la sangre, las heridas que sanaron y las que no; etc.

Nuestros arqueros empiezan a actuar. Fijan sus flechas en los portadores de catapultas, torres y arietes. Un mar de silbidos inunda nuestros cuerpos, son las flechas volando sobre nuestras cabezas. Algunos de mis compañeros empiezan a rezar mientras ven cómo se acercan las torres cargadas de bestias con la intención de destruirnos.

¡Un abrumador Silencio!, ha parado el martilleo, las catapultas exhaustas cesan en seco. Uno de los arietes ha destrozado la entrada y los Pesados están en sus posiciones, esperando la entrada de a saber qué tipo de bestias. ¿Qué pasa? Todos nos miramos... ¿ahora qué? El corazón nos late más rápido que nunca, el miedo se apodera de nuestro cuerpo, todos vacilamos.

Todos menos él, mi amigo de la infancia. Sin hacer ningún gesto cabalga hacia la puerta de las murallas desde la entrada del castillo. La tierra comienza a temblar y sin dudarlo todos los defensores lo siguen. Y tras ellos vamos nosotros, los guerreros sin estrella. Los arqueros, apostados en la muralla, reanudan sus actos bélicos, alcanzando con éxito sus objetivos.

Corremos hacia la puerta de entrada mientras los Pesados se apartan para dejarnos salir. Yo estoy en el centro del ejército. Tardo demasiado en salir. Nuestro hechicero está lanzando diferentes conjuros, la mayoría de protección sobre las murallas, él se encargará de impedir que entren. Se oyen caer las torres, los arqueros están haciendo su trabajo.

Al fin salgo. Las hachas vuelan como mariposas hacia sus flores, las lanzas pasan rozando nuestras cabezas haciendo retroceder a un gran número de soldados. Ya estamos batallando. Esto es un caos, los cánticos desafinados de las espadas chocando entre ellas, los gritos mudos de los heridos, las armaduras retumban golpeando contra el suelo, los caballos gritan su agobio por las cuatro patas. Esto no tiene fin. El avance se dificulta cada vez más, no hay espacio en el suelo para pisar, el rojo tiñe toda la extensión. Gritos en la noche. La caída de catapultas y torres aumenta la confianza de nuestro ejército. Ahora sabemos que vamos a vencer.

Un frio irritante afloja mi cuerpo, me han alcanzado. No es hora de asustarme, el invasor debe caer. Extraigo la flecha de mi costado derecho con gran rapidez y veo cómo brota la sangre de mi cuerpo, pero debo seguir. Ahora es mi turno, nuestras espadas centellean sobre ellos, no nos pueden parar. Todo nuestro ejército está fuera, ninguno se libra de la angustia de nuestro trabajo, los ojos desencajados en medio de ríos de sudor, es lo único que mostramos.

Empiezo a desfallecer, noto como el cansancio y el dolor invaden mi cuerpo, llegando a todos los puntos que debo utilizar para cumplir mi cometido. Giro la vista y observo a centenares de mis compañeros abatidos. Sus cuerpos están tirados sobre la llanura carmesí… mis amigos… mis hermanos… Me levanto con furia, y me esfuerzo por seguir con mi obligación. Ya he arrebatado la vida a al menos 120 bestias. Aún quedamos muchos soldados y podemos acabar con esto.

Hemos mermado considerablemente las fuerzas del ejército invasor. Esas bestias empiezan a retirarse. Corremos tras ellos por los angostos desfiladeros. Muchos de ellos aún se dan la vuelta y siguen luchando. Mientras tanto los arqueros de nuestras murallas cesan su labor. Conforme vamos avanzando, observamos cómo los arqueros de nuestros invasores toman, al fin, su parte en esta batalla. Esto nos obliga a retirarnos rápidamente.

Mientras corro siento que ya no puedo más. Me desplomo. Dos soldados me recogen al verme caer y me llevan hacia el castillo. Mis pies están siendo arrastrados por tierra mientras me apoyan en sus hombros. Sólo tengo fuerzas para preguntar por el príncipe, mi gran amigo. Ha sido abatido…

La claridad del alba despeja la fría sombra de la noche. En el centro de la plaza, el rey se despoja de su yelmo y lo deja caer al suelo. El agotamiento se palpa en el ambiente, todos esperamos, pero él nos mira. Él solo observa los alrededores con la cara descompuesta. El silencio gana esta nueva batalla, él lo sabe, todos lo sabemos.

Todo ha terminado. Miles de estatuas agotadas llenan la ciudad. El dolor de lo sucedido sólo es percatado por los llantos de la reina, en lo alto de la torre.

Alguien viene a verme a la enfermería, es el hermano menor del príncipe. Quiere nombrarme capitán de su guardia personal por mi valentía y resistencia en la batalla y encomendarme una misión.
 
-Quiero que pienses deliberadamente en lo que voy a pedirte. -me dice- Se que mi hermano mayor era un gran amigo tuyo y por eso creo que serás el hombre idóneo para este trabajo. Tienes que encontrar al culpable de esta masacre. Si aceptas esta misión, quiero que me lo traigas, vivo o muerto. Tráemelo a cualquier precio, sea quien sea.
 
Cuando el hermano menor del príncipe abandona mis aposentos, observo como una luz blanca se posa a mi vera. Una luz que se diluye en la estancia, formando el cuerpo del hechicero real.

-Hola hijo. -dice- ¿Cómo te sientes?, te estuve observando durante toda la batalla. Realmente mereces el puesto que se te quiere otorgar en la realeza. He oído lo que el príncipe Áren quiere que hagas. No estoy de acuerdo con ello. Alguien como tú debe quedarse en la ciudad para adiestrar a las unidades que cubrirán las bajas. He tenido una visión.
 
Esto me confunde. Nunca un hechicero había hablado a un soldado sobre sus visiones. Muestro una cara de asombro y con cierto grado de desconfianza.
 
-Dentro de poco el enemigo habrá rehecho sus filas y volverá a la carga. El rey ya ha tomado medidas y ya están reconstruyendo la ciudad. La gente ha sido evacuada y sólo quedamos soldados. Necesitamos tu ayuda para combatir y entrenar a los guerreros, no tenemos mucho tiempo. Piénsatelo hijo.
 
Pasan dos semanas para mi total recuperación. Debo dar una respuesta al príncipe. ¿Qué debo hacer?, ¿salgo en busca del invasor o entreno a las unidades?
 

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Decidid vosotros, lectores, con qué respuesta continúa esta historia.

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